alrededor del 20 de enero

Hace dos noches soñé que iba al secundario. El colegio tenía un gran laboratorio con vitrinas de madera, donde se exhibían animales embalsamados y grandes fósiles.
Había también un hombre primitivo, que cada unos miles de años volvía a la vida durante una semana, para después regresar a su estado de latencia.
Él revivía. Usaba camisas amplias y tenía rastas: una versión remasterizada de hombre de las cavernas. Nos enamorábamos, intensamente; no pude conservar detalles, sólo la sensación de haber vivido algo fuerte.
Su último día en el mundo actual yo tenía un problema y nos desencontrábamos. Y entonces él, que me había esperado la tarde, se enojaba. Triste y orgulloso, sin mirarme, se acostó ese anochecer en su vitrina alargada, entre otras que contenían pájaros quietos y pequeños mamíferos.
Vi su lenta transformación en algo frío, corroído.
Lloré desconsolada entre mis compañeros de clase hasta despertar.