Me despertaron las ganas de mear, el suero hace mear a cada rato. La habitación se iluminaba desde el pasillo. Un ventilador fijado en altura a la pared removía el aire. Frente a mi cama había una mesada con un lavatorio, y al lado, apoyada, la chata. En Traumatología del Hospital San Juan Bautista no hay forma de llamar a las enfermeras. Ningún botón, ningún timbre. Me removí en la cama unos cuantos minutos hasta que, de a poco, me incorporé y alcancé la mochila de viaje en el piso. Como pude, con la pierna operada esa tarde, levanté la cadera, acomodé el vaso e hice pis.
Estirándome vacié por la ventana, en planta baja, el contenido al patio.
Me daba vergüenza pero al otro día, después de que nos trajeran la comida, le conté a Rosa.
-¡Ah, pero hacé como yo! - me dijo, señalando una silla al lado de su cama. - La tengo acá la chata... Cuando viene la enfermera, la vacía y te la deja de nuevo. Si querés le ponés un papel de diario encima, para que no se vea.
Rosa es tucumana. Antes de establecerse en Catamarca, donde vive hace más de treinta años, trabajó como empleada doméstica en Buenos Aires.
- Una vez me quisieron llevar a Italia, se iban un tiempo y querían que fuera, a seguir trabajando con ellos. Pero mi hermano mayor era muy celoso y no quiso. No me dejó. Así que me perdí de conocer.
Rosa no tiene quien la visite. El dos de enero de este año, hacía tres meses que esperaba una prótesis de cadera, que el Ministerio de Salud (de Catamarca) debía enviarle.
- Qué bueno que te vas - me dijo la asistenta social, una chica joven y agradable, cuando le conté que al día siguiente llegaban a buscarme. - Acá la gente pasa meses internada, hay muchas personas esperando que su situación se solucione.
Yo creo que Rosa sigue ahí.