La piel negra

Ricardo sentía impotencia: no era capaz de echarlos a todos a patadas. Había intentado explicarle a la gente que aquello era su casa. La señora que llegó primera con la bolsa de plástico a cuadros le contestó preguntándole si había que sacar número. El nene que había venido con ella corría, saltaba en el sillón y quería prender la tele. Tenía un muñeco de Spiderman sin una pierna y uno de un boxeador, que hacía pelear en los respaldos de las sillas, en la mesa, en el marco de la ventana.

Más tarde llegaron los hombres con las escopetas. Vestían pantalones ajustados, y tenían bigotes finos, curvados hacia arriba. Cargaban entre tres una gran piel negra, de pelo largo y áspero; ensangrentada arrastraba un extremo por el piso. El cuarto hombre los dirigió, hasta que la dejaron en el suelo, a la derecha de la puerta de entrada. Discutían. Cada uno quería adjudicarse el tiro que había rematado al animal.

-Les repito, caballeros, que el disparo certero fue el mío.

-¡Está equivocado, señor! Fui yo quien le concedió la gracia.

-Por favor, conservemos la calma, sabemos todos que la puntería ha sido mía…

En un rincón, se habían instalado una modelo y su representante. Él, agarrándola de la cintura, cada tanto le decía “divina”.

La puerta se abría y alguien más llegaba.

Pensando qué carajo pasa, Ricardo se encerró en el baño. ¿Cómo podía toda esa gente creer que aquello era una carnicería? Se mojó la cara, dejó correr el agua en la pileta y permaneció respirando por la boca, goteando.

Se secó con la toalla y acomodó los laterales del botiquín. Ya de chico, observarse desde afuera lo serenaba: vio en el espejo central la oreja izquierda, algo de la nuca, el recorte de la nariz. De frente, hizo muecas, sonrió, reconoció el brillito dorado de su canino derecho; con los dedos, refregó su cuero cabelludo.

No quiere salir todavía.

Sin bajar la tapa, se sentó en el inodoro. Los hombros estaban tensos.

-Dónde metió la carne este chanta.

-Necesito ya ese kilo y medio para milanesa.

-¡Pablo quedáte quieto!

- Espero como mínimo que ofrezca buenas vacas.

-¡Mi bifecito sin grasa!

-Quedáte tranquila, divina.

Las baldosas del baño eran de piedra negra, con pecas de rojos y verdes oscuros, que la vista de Ricardo enfocaba y desenfocaba. Los círculos se abrían, superponiéndose. Las voces se fueron transformando en un único sonido envolvente, compuesto por múltiples timbres. Mareado, Ricardo se paró de repente, y en el mismo impulso apretó el botón del inodoro. En el agua que giraba, vislumbró un destello dorado.

La puta madre, el diente.

La última oleada se iba por la cañería. Arrodillándose en el piso, Ricardo se arremangó y hundió el brazo, y sin ofrecer resistencia, se dejó absorber velozmente hacia abajo.

Abrió los ojos tendido en un campo de arroz, empapado, con el verde brillante a los lados de la cara y sobre sus ojos el cielo. Las hojas fibrosas le habían rasguñado los brazos.

Lento, se incorporó. Estaba en un valle que el arrozal cubría entero, rodeado de montañas y árboles. Parándose, empezó a caminar con el agua a los tobillos. La ropa mojada lo incomodaba; poco tardó en sacársela y dejarla.

En las laderas, el suelo era fértil. Los árboles bloqueaban la llegada del sol al suelo. Se oían crujidos suaves, inconstantes: dientes que roían, pequeñas garras rascando la tierra en busca de brotes blanquecinos, gusanos, cascarudos.

En una madriguera vivía un animal milenario o de varias centenas de años. Sus sentidos habían ido apagándose: veía poco, casi no podía oir. Pero conservaba intactas una gran intuición y curiosidad, que lo mantenían vivo. Presintió en ese momento una criatura extraña y sin dar la alerta, la dejó acercarse.

El hombre había llegado hasta los árboles. Estaba desnudo, sus pies descubrían por dónde entre las ramas caídas, las raíces y las colonias de hongos que la humedad alimentaba. Así caminó, sin apuro, alejándose del campo. Mucho tiempo avanzó. Cuando se sentía cansado, dormía en el suelo; no sentía necesidad de comer. La luz era invariable: día y noche no se distinguían.

Así llegó a una zona del bosque en la que los troncos de los árboles eran color azul. A medida que se adentraba, la marcha se hizo difícil. Las raíces retorcidas fueron volviéndose cada vez más grandes hasta ser altas como el hombre, que debía treparlas para avanzar.

Quiso descansar una vez más. Una grieta en un árbol le indicó la entrada a una cueva. Pero en el interior, algo se movía, acompasado: un gran cuerpo negro, cubierto por pelos ásperos. En seguida tuvo la certeza de estar recibiendo una pregunta.

-No sé – contestó la voz de Ricardo entumecida - Hay muchas cosas que no entiendo.


Ricardo Gaitán nació como consigna grupal en Trama de Adoquines, el invierno pasado.

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