Gracias

-Qué bien, cómo la peleás, eh- me dice cuando subo al taxi.
-Con los dientes la peleo.
-Está muy bien, esa es la actitud. "Las muletas no me van a frenar un viernes a la noche".
-Y, las paredes se cierran- digo. -Hay que salir.
Mientras pasa un semáforo en rojo, el tachero me larga:
-Yo cometo muchas infracciones, pero ninguna imprudencia.
-Muy buena frase - digo-, se ve que no te hago caso: cometí una imprudencia, y así estoy.
-Es que yo llevo la mercancía más importante.
-Yo también, yo llevo mi vida, pero parece que no me había dado cuenta.
Con sus ojos en el espejo retrovisor fijos en los míos, dice:
-Eso fue una advertencia.
Desde acá una gran elipsis en mi memoria (pero sé que nombré la posibilidad que no fue, de haberme roto una vértebra) hasta que indiqué la luz al final de la cuadra que era mi casa.
-¿Me podés esperar hasta que entre?
-Si fueras un rugbier grandote y forzudo, no haría falta que me pidieras eso.
-Siendo una chica con la pata quebrada, se agradece mucho.
¿Creer o no en la posibilidad de que un dios nocturno de bigotes haya recibido mis gracias?