Buenos días

Estaba estudiando enajenada o enajenándome, tratando de apartar divagues, tensiones y necesidades. El vocabulario pulido desestigmatizador latinoamericanista se trenzaba con muchos pensamientos. Entonces vino otra imagen. Una que apareció en el último verano mientras yo dormía: en otra casa, otro paisaje, árido y amplio, con múltiples posibilidades, como un haz de palitos chinos o de espaguetis crudos; posibilidades de entre las que, sin dudas, no busqué una fácil ni placentera. No la peor; es simplista hablar de lo bueno y lo malo, y está visto además que las dicotomías son mentirosas y hay que dejar de creerles. Yo dormía y mi abuelo apareció; era una figura luminosa y era mi abuelo, su cara sus dedos su cuerpo. Sonreía. Creí que se había mostrado como una figura protectora. Ahora creo en la advertencia. Los meses y el dolor pasaron como una vorágine; aprendí la necesidad de la reflexión que despegue la mirada de lo escrito para llevarla al tiempo interno. Y desde ahí, sí, abrirla a la magia de las personas, a lo nuevo. De la ciencia, el progreso y sus consecuencias devastadoras, de las instituciones y la violencia por imponerse y los esfuerzos por permanecer erguidas sobre un terreno en cambio constante, podemos aprender que es imposible negar el caos. Mantengamos un rincón en calma, desordenado, maravillado y abierto.