De la ficción y de la historia

Una avanzada de extraterrestres implacables ataca a esa Buenos Aires de 1963. La primera sorpresa es la nieve iridiscente, bellísima; la muerte silenciosa cae sobre la ciudad. El Eternauta narra sobre la pérdida y el encuentro individual y colectivo. Cada sobreviviente pierde los afectos, lo privado, las relaciones de la vida cotidiana, y por lo tanto la identidad pasada; a la vez, el mundo conocido es el que se pierde, transformándose en uno hecho de muertos y de amenazas hasta entonces nunca vistas.

Pocos cuerpos calientes quedan en la nieve. Hombres y mujeres se atacan entre sí; se saben vulnerables; tratan de ser impermeables al peligro, protegiendo sus pieles bajo el látex. Los cambios son profundos, irreversibles; la realidad es asfixiante.

Pero verse rodeado de muerte trae finalmente la calma desesperada, y llega con el dolor otra lucidez: la que empuja a resistir para avanzar, la que nos hace aferrarnos a la posibilidad más ínfima. La claridad que nos obliga a mirarnos y a reconocernos.

La civilización poderosa que quiere conquistar el planeta tendrá una sola cosa que pueda hacerle frente: los lazos humanos. O en palabras del mismo Oesterheld, que afirma que “el héroe verdadero de El Eternauta es un héroe colectivo (…), nunca el héroe individual, el héroe solo”.

Al invasor de la Tierra jamás lo vemos. Conocemos sus artilugios y métodos de ataque; la nieve iridiscente, el rayo destructor, las nubes que hacen alucinar a los hombres. El invasor es sus dominados; lo podemos encontrar en los cascarudos que libaban las grandes flores de su planeta, ahora convertidos en vanguardia de guerra. Está en los gurbos, fieras feroces de varias toneladas, transportadas para combatir y conquistar nuevas especies. Se encuentra en los humanos caídos, transformados en hombres-robot sin sentimientos, en soldados maquinales. El invasor es los manos, humanoides de un planeta lejano que operan el ataque. La glándula del terror insertada en sus cuerpos los controla. Mientras mueren aniquilados por su propio miedo en una guerra ajena, los manos invocan una canción antigua, aferrados a la vida, a la belleza.

Juan Salvo recorre la soledad de los tiempos para encontrar a la mujer y a la hija que ha perdido. Así se materializa otra vez en Buenos Aires, y coincide con un guionista de historietas. El libro que cuenta la historia del eternauta sobrevivió al entierro de la dictadura feroz, y logró llegar a las manos de personas que creen en lo colectivo. Los Ellos es el trabajo conjunto de músicos, artistas plásticos y audiovisuales, diseñadores y fotógrafos; de técnicos y productores; de familiares y amigos.

Vivimos perdiendo mundos. A veces sentimos que la pérdida, individual o colectiva, nos atraviesa y nos vacía, que transitamos, livianos, sin dejar marcas. Hasta que como los protagonistas de El Eternauta, comprendemos que estamos con otros y que la posibilidad de hacer es infinita. Descubrimos que el pasado como un núcleo cálido permanece sin abandonarnos. Cuando menos lo esperamos renace, gesta cosas nuevas, nos ilumina.


para la segunda presentación de Los Ellos - La reunión de la resistencia

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