Chau 2011

Limpieza para despedir el año. Con ustedes,



LA REINA DE LOS MULETOS






Había pensado en escribir un cuento que contara de qué manera los muletos, un pueblo “nómade, impulsivo e inconformista”, me nombraron su reina el primero de enero del 2011; cómo fue el tiempo en el que estuve en el poder y a qué desafíos dolorosos me sometieron; y que narrara los detalles de mi posterior renuncia a tamaño honor, causada por las pruebas terribles a las que me habían sometido los muy hijoputa.
Empecé una tarde y nunca lo seguí. No tuve la paciencia, ni la autodisciplina, ni la voluntad.
La mayoría de estos textos (salvo uno, el final) los escribí durante los cuatro meses que estuve en muletas. Acá la compilación, que ilumina y unifica los pequeños exorcismos para que demos crédito a las leyes naturales del yin y el yang,
El título, La reina de los muletos, a modo de promesa, por todo lo que no escribí y que alguna vez escribiré. O no.




Me despertaron las ganas de mear, el suero te hace mear a cada rato. La habitación se iluminaba desde el pasillo. Un ventilador fijado en altura a la pared removía el aire. Enfrente de mi cama había una mesada con un lavatorio, y al lado, apoyada, la chata. En Traumatología del Hospital San Juan Bautista no hay forma de llamar a las enfermeras. Ningún botón, ningún timbre. Me removí en la cama unos cuantos minutos hasta que me incorporé de a poco y alcancé la mochila de viaje en el piso. Como pude, con la pierna operada esa tarde, levanté la cadera, acomodé el vaso e hice pis.
Estirándome vacié por la ventana, en planta baja, el contenido al patio.
Me daba vergüenza pero al otro día, después de que nos trajeran la comida, le conté a Rosa.
-¡Ah, pero hacé como yo! - me dijo, señalando una silla al lado de su cama. - La tengo acá la chata... Cuando viene la enfermera, la vacía y te la deja de nuevo. Si querés le ponés un papel de diario encima, para que no se vea.
Rosa es tucumana. Antes de establecerse en Catamarca, donde vive hace más de treinta años, trabajó como empleada doméstica en Buenos Aires.
- Una vez me quisieron llevar a Italia, se iban un tiempo y querían que fuera, a seguir trabajando con ellos. Pero mi hermano mayor era muy celoso y no quiso. No me dejó. Así que me perdí de conocer.
Rosa no tiene a nadie que la visite. El dos de enero de este año (2011), hacía tres meses que esperaba una prótesis de cadera, que el Ministerio de Salud (de Catamarca) debía enviarle.
- Qué bueno que te vas - me dijo la asistenta social, una chica joven y agradable, cuando le conté que al día siguiente llegaban a buscarme. - Acá la gente pasa meses internada, hay muchas personas esperando que su situación se solucione.
Al otro día viajé de vuelta a La Plata. Yo creo que Rosa debe seguir ahí.



Invasiones y artificios

A lo mejor el día calmo y luminoso
estuvo plagado de señales
que anunciaban la espera larga,
el dolor, un nacimiento. Tal vez la causa
de invasiones y artificios
fueran la extrañeza
o un sueño que borré.
Permanezco en un relato físico, incomprensible
porque nadie lo abarca; escucho afirmaciones
y mi realidad no está atada al extremo de una soga.




PUNK (o primera y última alusión a un mito griego)

Escalar peligrosamente una recta,
seducir la adicción o no enamorarse,
provocar a la ciudad con alcohol en la sangre y piedras y puteadas.
Y una vez allá arriba, desplegar el par de alas
precarias, pegadas con cera.
Eso hice. Volé, ascendí, creí que me alejaba
de lo anterior, estuve tan cerca del Sol
que sentí la irradiante felicidad
de ser explosión, de ser de fuego.
El calor me derritió las alas
y me desplomé







al océano profundo.

No me ahogué, pero todavía
estoy tirada en la orilla,
intento recuperar el aire
y escupo arena y agua salada.





Madrugada del 12 de enero del 2011. Dejo un gran espacio en blanco y empiezo a escribir. Estoy incómoda: el pie en el yeso sobre almohadones, en el brazo izquierdo el absceso vendado y su dolor sordo, la mano diestra con la venda que cubre la vía, por donde me administran el antibiótico, por goteo, dos horas, dos veces por día.
Entre el primero de enero y hoy vi el extremo de mi tibia, viajé cerca de quince horas haciendo transbordos en ambulancias, me operaron, estuve internada tres días en Catamarca, en La Plata cuatro días más. El resultado final: ocho tornillos, una plaqueta en el peroné y una bacteria de quirófano que se introdujo por la vía del suero.





El pullover de Bolivia me re cabe:
está lleno de colores,
magenta, amarillo, azul, marrón,
con ese éxtasis andino por la vida,
esa cosa que puja y que duele.

Las polillas encontraron
en el estante el tejido natural;
con cuidado zurzo cada agujero.

Este año trajo planes rotos,
cuerpos rotos, pulóveres comidos.

Una taza que se cayó
de la mesa al suelo
aceptó con resignación
que yo la pegara con La gotita.

Las cosas arregladas se quedan
desconcertadas, un poco torcidas.
El pullover y la taza
me miran con ojos enormes.
Todavía buscan las certezas
de la superficie lisa, sin costuras.




/// guardo cosas increíbles por lo inútiles / el tiempo cruza a través de las estaciones / leí a Frida: el mundo es una cama / mi mundo es un tobillo que no soporta / el peso del mundo /// necesito ayuda pero / no tomes mis decisiones /// las semanas fueron días sin nombre / nombres sin utilidad / números desnudos sin influencia en mis días: / como un día miércoles puedo ser el cinco / si cuento mis manos el pie / el par de muletas / seis contando el pie que no apoya / ocho con los ojos / con los poros los pelos mis amigos / números arbitrarios con las cosas que espero / y las que no me acuerdo / y las imágenes a las que recurro sin dejar de atormentarme / los abismos, imágenes que se disgregan en miedos nuevos / satinados y limpios, a estrenar /// me acomodo en mis miedos como en un sillón / peligroso y complaciente / se amolda a mi forma ///




Cada vez que la trompa de un auto se asoma de un garaje a la vereda, cuando espero para cruzar la calle o mido en un semáforo el pasadizo entre dos autos impacientes, pienso en mis piernas. En mis dos tibias quebrándose por el impacto de un auto.