La escultura representa tres serpientes entrelazadas que sostienen sobre sus cabezas un corazón humano. La madera tiene zonas pulidas y otras ásperas, propensas a astillarse. Se yergue en el extremo del estante. La posibilidad de caer obliga a la escultura a mantenerse en equilibrio. El esfuerzo la recorre aunque es imperceptible a los ojos. El viento cruza el espacio: las serpientes prueban la fuerza de sus mandíbulas en la superficie del corazón, afirman la base de sus cuerpos.