Algunas cosas tienen que crecer así - por Juan Pablo Zangara

Balumba. s. f. Volumen que ocupan muchas cosas juntas. # Conjunto desordenado y excesivo de cosas.
La escritura, como la lectura, es una ceremonia, un íntimo ritual que pone a trabajar el texto; el vaivén de una práctica que contiene en cada trazo la cifra de una extrañeza visible y una secreta felicidad. Alcanza con delimitar un espacio habitable; con hacer habitable un espacio imaginario donde soltar el cuerpo y registrar sus vibraciones, como le ocurre a Tancia con su contrabajo y sus derivas por la geografía incierta del pueblo de los ciclistas. A poco que se limpia y desmaleza la escena de la literatura, las cosas se juntan en la algarabía abigarrada del exceso (como en la mágica habitación de azulejos amarillos en casa de Betania, con su pileta y su fálica máquina-para-la-higiene-de-los-ciclistas, fabuloso ready made de la novela), y la ceremonia da lugar a la balumba.

El trabajo de la escritura, como sugiere Julia Kristeva, ha de leerse en el sentido subjetivo del genitivo: la escritura trabaja, como trabaja el inconsciente en el sueño (modelo de todo texto- otro, porque la clave está en el significante). Si la escritura es una práctica corporal, como lo es la lectura, entonces es un devenir-texto del cuerpo. Si se quiere, el texto es un cuerpo que (nos) crece, una ajenidad fascinante enclavada en el seno de la subjetividad y que se revela/ rebela en el tejido de los significantes. Es el cuerpo extraño que Tancia decide alojar en sí; esa incógnita esférica y translúcida, del tamaño de un carozo, en cuyo interior se agita una bruma.

Trazar un solar en el lenguaje donde suene (donde se escuche) una palabra ajena: en ese gesto mínimo está condensada toda la literatura. A menudo, lo que hace extraña a esa palabra no es más que el sedimento de todo lo que yace olvidado en ella; y la aventura literaria supone una empecinada arqueología: desenterrarás a tus muertos. También puede ocurrir que esa extrañeza cobre forma no tanto en las palabras como en la voz que las pronuncia; en la ficción siempre es otro/ otra quien habla, y el relevo de lo real (la suspensión de toda evidencia) se vuelve tan relevante como el desplazamiento de la soberanía engañosa del yo. A la polifonía de personajes y puntos de vista no es casualidad que se sume, en Ceremonia balumba, un constante movimiento de suelos: una epifanía de terremotos chiquititos.

Aprender a perderse; perder el yo para encontrarse; buscarse en los rastros de lo perdido: la deriva de la conciencia de Tancia es también una ceremonia balumba. ¿Habrá advertido que ella también integra la caravana deshilachada de los ciclistas? En esa errancia anhelante de Tancia se despliega una de las maravillas de la novela de Julia Porto: el temblor del asombro que se abre en lo minucioso, la curiosa intensidad que yace en lo pequeño y lo cercano. Acaso sea una enseñanza escondida en la mirada de los conejos, emblema animal de muchas claves musicales del texto. Es como si la ficción, devenida autoconsciente, no consistiera en jactarse de los engaños del mundo: antes bien sorprenderse de los hallazgos que suscita el afán exploratorio del lenguaje entre las ruinas de la historia.

Puede que lo digan mejor estos versos, esparcidos aquí y allá en la novela:
Comprimir en este espacio todo lo externo./ La repetición continua de un acto lo confirma, lo vuelve la única acción posible./ Poder desplegar las cosas, desmalezar y mantener limpio el terreno en torno a la casa./ Cortar afuera es cortar adentro./ Estar ocupada por un objeto extraño./ El secreto: fijar la vista en el punto exacto que se quiere hendir./ Las ideas van tomando forma hasta que nos ocupan para ser hechas./ Ahora eran una sola materia./ Algunas cosas tienen que crecer así.