Estábamos las siete sentadas a la mesa y una de nosotras sacó un objeto redondo que reflejó el blanco de las paredes, como un chispazo en el centro del altillo. Qué tenés ahí, le preguntó una: entonces nos mostró y pudimos ver bien. Era una de esas esferas de vidrio llenas de agua con cositas que flotan, y que se vuelven tormenta de nieve en un paisaje apenas el agua se agita un poco. Una esfera de vidrio con una maqueta chiquita y una tormenta de nieve en potencia, como la que tenían tus abuelos en una repisa. 
Adentro de esta esfera de vidrio había un árbol y una casa con dos amigas. La palabra precisa para decir lo que había adentro de la esfera es diorama: una representación tridimensional de una escena. 
La nieve estaba casi quieta en el suelo, de mano en mano temblaba un poco. Nos fuimos pasando la esfera de vidrio que tenía adentro un diorama en miniatura de dos amigas y una casa. Una de nosotras dijo que parecía todo pintado a mano, entonces otra que estaba sentada enfrente quiso tomar la esfera de vidrio para ver. El movimiento brusco hizo caer la esfera de la mano que la sostenía y rodar por la superficie de la mesa: con esa misma facilidad, un varón irrumpe en un mundo y lo demuele. La tormenta blanca se desató adentro de la esfera de vidrio, que ahora estaba con la casa tumbada de lado. La que nos había mostrado el objeto frenó el movimiento de la esfera que rodaba, después la apoyó en la mesa, sobre su base de madera. De las amigas vivía una. La casa estaba destruida
Quedábamos nosotras siete en este altillo que de alguna forma es como esa esfera de vidrio: una réplica en pequeño del mundo; una representación que nosotras tratamos de hacer y de deshacer, de un mundo fundado por otros. Mirábamos el diorama arrasado adentro de la esfera de cristal y la nieve asentándose despacio sobre ese paisaje. 
No mucho después empezó la nieve acá adentro. Una de nosotras señaló, Está nevando, y las otras seis miramos también los copos que caían. Desde entonces sigue copiosa la nieve blanca que nos enfría los cuerpos. La nieve se desprende desde el techo en diagonal del altillo, se cuela abajo de la mesa, humedece los libros, nos moja los colchones, nos ablanda el pan, nos va poniendo lacios los ánimos a las siete que estamos vivas acá. 




[Altillo n° 13 - El Desconcierto n° 131 - 12/07/17]